nacía Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde.
Oscar es un antiguo nombre que se halla en el folklore céltico.
Fingal, padre de Ossian, el fabuloso monárca y bardo escocés del siglo III, simboliza la leyenda contra el invasor romano,
O'Flahertie, en cambio, es el primer historiador de Irlanda, que compuso en la segunda mitad del siglo XVIII una relación exacta de los primeros acontecimientos irlandeses.
El apellido Wills recuerda una antigua familia escocesa;
sin embargo, los Wilde eran de origen inglés.
Aquí, un breve artículo de su autoría, sobre su visión de la lectura:
Hay que leer o no leerLos libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases:
1a. Los libros que hay que leer, como las Cartas, de Cicerón; Suetonio; las Vidas de los pintores, de Vasari; la Autobiografía de Benvenuto Cellini; sir John Mandeville, Marco Polo, las Memorias de Saint-Simon, Mommsen y (hasta que tengamos otra mejor) la Historia de Grecia, por Grote.
2a. Los libros que hay que releer, como Platón y Keats en la esfera de la poesía, los maestros y no los artesanos en la esfera de la filosofía, los videntes y no los "sabios".
3a. Los libros que no hay que leer nunca, como las Estaciones, de Thomson; todos los Santos Padres, excepto San Agustín; todo John Stuart Mill, excepto el Ensayo sobre la libertad; todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna; la Inglaterra, de Hume; todos los libros de argumentación y todos aquellos en que se intenta probar algo.
La tercera clase es, con mucho, la más importante. Decir a la gente lo que debe leer es generalmente inútil o perjudicial, porque la apreciación de la literatura es cuestión de temperamento y no de enseñanza.
No existe ningún manual del aprendiz de Parnaso, y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza vale la pena aprenderse.
Pero decir a la gente lo que no debe leer es cosa muy distinta, y me atrevo a recomendar este tema a la Comisión del proyecto de ampliación universitaria.
Realmente, es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo en este siglo en que vivimos, en un siglo en que se lee tanto, que ya no tiene uno tiempo de admirar, y en que se escribe tanto, que ya no tiene uno tiempo de pensar.
Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los Cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.
Págs. 1124 - 1125
Wilde señala un punto interesante, sobretodo, porque estamos acostumbrados a que nos enlisten las chorrocientasmil cosas que debemos hacer antes de morir, para que nuestra vida tenga ¿contenido, sentido? No lo sé. La cosa es que quizá también sería útil platicarnos por qué no vale la pena perder el tiempo en otras chorrocientasmil cosas y, si no, por lo menos sería más interesante y divertido discutilo.











